Muchas personas se asustan cuando, apenas se sientan a meditar, aparecen dolores en las piernas, la espalda o la mandíbula.
Y es lógico: una parte nuestra piensa “¿qué estoy haciendo mal?”.
Pero la realidad es que esta experiencia es mucho más común de lo que parece.
A veces esas molestias ya estaban ahí, solo que recién ahora las estás notando porque por fin frenaste. Y otras veces aparecen porque la postura no es la más cómoda.
En cualquier caso, no es un signo de fracaso: es una invitación a escuchar al cuerpo con más amabilidad.
¿Por qué aparece el dolor o la molestia?
Cuando nos sentamos a meditar, algo muy simple —pero muy profundo— ocurre:
Dejamos de movernos y empezamos a prestar atención.
Y en ese momento, el cuerpo aprovecha para “hablar”.
Hay dos razones principales por las que podés sentir molestias:
1. La incomodidad ya estaba ahí, pero recién ahora la notás
En la vida diaria estamos en movimiento constante: caminamos, nos distraemos, cambiamos de postura sin darnos cuenta.
Eso hace que muchas tensiones pasen desapercibidas.
Pero cuando frenás y traés la atención al cuerpo, empezás a percibir sensaciones que siempre estuvieron, solo que no había espacio para escucharlas.
Esto no es un problema: es parte de la práctica.
Es el cuerpo diciendo: “Acá hay tensión, mirame un ratito”.
2. La postura quizá no es la más adecuada para vos
A veces el dolor aparece porque nos sentamos en una posición que no es sostenible durante varios minutos.
Y esto es totalmente normal. No es fácil encontrar una postura cómoda de entrada.
Lo importante es recordar que no hay una postura perfecta.
Lo que hay es la postura que a vos te permite estar presente sin forzar.
Podés:
- Ajustar la altura.
- Apoyar la espalda.
- Cambiar el ángulo de las piernas.
- Usar un almohadón…
Lo que que necesites para que el cuerpo se sienta acompañado, no castigado.
En este artículo te explico diferentes posturas para meditar con comodidad.
Entonces, ¿qué hacer si aparece la molestia en plena meditación?
Que aparezca una molestia a mitad de la práctica es más común de lo que pensamos.
Y lo primero —quizás lo más importante— es no entrar en pánico ni asumir que “está saliendo mal”.
En mindfulness, cualquier sensación que aparece es parte del momento presente, y podemos trabajar con ella.
1. Respirar y observar por unos segundos
Antes de moverte, tomá una respiración lenta.
Llevá la atención a la sensación:
- ¿Dónde se siente?
- ¿Tiene forma, temperatura, pulso?
A veces, con solo observarla sin tensión, la molestia se suaviza un poco.
2. Preguntarte suavemente:
¿Esto es una tensión habitual o un dolor que necesita un ajuste?
No es lo mismo el “peso” normal de estar sentada/sentado, que un dolor pinchante o creciente.
Escuchar el cuerpo es parte fundamental de la práctica.
3. Tenés permiso para moverte
Si la sensación no mejora o empieza a intensificarse, podés cambiar de postura con suavidad, sin brusquedad.
Mover un poco las piernas, apoyar la espalda, elevar la cadera, relajar los hombros…
Todo eso está permitido.
Acá en este video te lo explico también:

El dolor es un mensajero, no un enemigo
El objetivo del mindfulness no es soportar incomodidades extremas, sino acompañarte con amabilidad.
Si el cuerpo habla, lo atendemos.
Si necesita un ajuste, lo hacemos.
Meditar no es una prueba de resistencia: es una práctica de presencia.
Y si querés seguir aprendiendo a meditar de forma real, humana y sin exigencias, te invito a sumarte a mi grupo de WhatsApp.
Ahí comparto recursos, meditaciones y recordatorios que pueden ayudarte en tu día a día.